Cristina Losada. La impunidad de la dictadura comunista

La jefa del Gobierno de Hong Kong, Carrie Lam, se dispone a anunciar la retirada de la ley de extradición que ha desencadenado masivas protestas en la ciudad a lo largo de tres meses. La decisión, sin duda concertada con las autoridades de Beijing, puede ser el preludio táctico de una gran escalada represiva contra un movimiento de protesta en pro de la democracia liberal. Así lo indica la experiencia: es lo que sucede cada vez que cobran fuerza los desafíos democráticos a la dictadura del Partido Comunista Chino.

Lejos de apreciar que la aparente concesión –descrita por líderes de las protestas como “demasiado poco, demasiado tarde“– tiene por finalidad probable blanquear una posterior operación de castigo, las primeras reacciones en las democracias occidentales equivalen a un suspiro de alivio. No se dice, pero se presiente en el alivio lo que se va a decir: “Por fin aceptan alguna demanda de los manifestantes”; “por fin podrá volver la tranquilidad a Hong Kong, salvo por algunos obcecados radicales (pues a ese estatus marginal se reducirá a los que persistan, tal como quiere Beijing)”; “por fin podremos olvidarnos de un conflicto que apela a nuestra conciencia democrática, pero que en realidad no nos importa”.

Así de crudo, así de triste. En Hong Kong se arriesgan por la democracia, se baten contra una dictadura que recorta uno tras otro los derechos y libertades que se había comprometido a mantener en la ciudad semiautónoma bajo el principio de “un país, dos sistemas”, y apenas encuentran eco y apoyo en países donde la democracia está consolidada y continuamente se proclama que hay que defender la democracia de sus enemigos. Pero esos enemigos se llaman Trump o Salvini, Viktor Orbán o Boris Johnson, última incorporación al elenco de enemigos de la democracia. Los comunistas chinos, en cambio, no entran en las listas de malos que componen esos defensores de la democracia, sean políticos, activistas o periodistas. La dictadura china es un hecho que ninguno se atreverá a negar, pero causalmente lo obvian. Como si no existiera.

Conscientes de la indiferencia exterior, dos líderes de las protestas de Hong Kong, Joshua Wong y Alex Chow, decían en una tribuna publicada por el New York Times:

Comprendemos que quienes critican el intervencionismo de Estados Unidos se sientan inclinados a simpatizar con China como un país aún en vías de desarrollo amenazado por un Occidente hiperdominante. Pero escúchennos a nosotros aquí en Hong Kong, por favor: la China comunista no es una alternativa al intervencionismo que ustedes aborrecen o rechazan. Esta es una verdad incómoda que el mundo tiene que afrontar.

Mucho me temo que su llamamiento será desoído. En realidad, ya lo ha sido. Las protestas de Hong Kong no han arrancado ningún acto significativo de apoyo en el democrático Occidente. La famosa solidaridad no se ha visto por ninguna parte. Los hongkoneses están solos. No porque estén lejos, allá en Asia. La lejanía no es obstáculo en otros casos. El obstáculo es, ni más ni menos, el objetivo por el que luchan. El obstáculo, paradójicamente, es la cercanía: la democracia. Luchan por una democracia genuina y esto, en el democrático Occidente, no interesa. No interesa, para empezar, al activismo de izquierdas, que es el que suele movilizarse. A fin de cuentas, hablamos de una dictadura comunista, no de una dictadura de derechas, y eso, lo reconozcan o no, pesa y mucho.

La mejor descripción que he leído sobre los motivos de esta brutal indiferencia hacia las protestas de Hong Kong la daba desde allí el profesor Peter Baehr en un artículo en Quillette (“A letter from Hong Kong”):

Tristemente, los jóvenes de Hong Kong no pueden esperar la solidaridad de los estudiantes y profesores universitarios occidentales más militantes. Perdieron su gusto por la libertad hace años. Israel ofende más gravemente su sensibilidad que la China comunista (o Irán). En todos los aspectos significativos, estos occidentales son el opuesto de la gente joven [de HK] que conozco. Mientras que los estudiantes hongkoneses detestan el comunismo, muchos de sus homólogos occidentales abrazan el marxismo. Mientras los post-colonialistas occidentales desprecian la civilización occidental, los hongkoneses desean poder acercarse más a ella. Cuando los estudiantes de Hong Kong hablan de espacio seguro se refieren a un espacio libre de gases lacrimógenos y balas de goma, no a un refugio libre de palabras ofensivas. Un trigger warning [advertencia de que una pieza puede herir la sensibilidad] no es el aviso previo de un profesor ante un cuadro de Goya; es el sonido de un disparo al aire en la bahía de Causeway durante la noche.

La democracia, para el activismo occidental, se ha estrechado, rígidamente, hasta quedar reducida a los límites a la libertad impuestos en nombre de las mil y una facetas de las políticas de identidad. La libertad que quieren los hongkoneses en desigual confrontación con el poder comunista les resulta ajena e irreconocible. Más aún: es lo que pugnan por destruir.